jueves, 13 de junio de 2013

Todos los trenes son iguales.














A veces es mejor pegarle un puñetazo
en la boca al estómago
para matar el nido de mariposas
que se quiere asentar en él
y así abortar un posible enamoramiento o
que mi lengua encuentre en tus caderas
el precipicio perfecto para suicidarse por amor.

Puede que sea mejor ir en el metro mirando al suelo,
por si me cruzo con tu mirada
y no puedo evitar quitarte el ojo de encima
y despedirme de ti mirándote el culo cuando salgas,
sin impedir que todo el metro se dé cuenta
de que lo he hecho
(y aunque no lo creas hay culos que enamoran igual que una mirada).

Quizá sea mejor hacer que el mundo
pase desapercibido delante de mis ojos
por si me cruzo con una chica
que esté doctorada en abrazos
que dejan un vacío enorme cuando se va
y te hacen sentir que el vacío está más lleno que tú.

Tal vez sea mejor impedir preguntarme
algún día por qué tardas tanto
en volver del estanco si allí solo venden tabaco
y aún compras a escondidas y sales corriendo
por si te ven tus padres.

Será mejor no jugar a meternos hielos en la boca
mientras nos miramos a ver quién aguanta más,
y que después me duela la cabeza,
pero ni siquiera ese dolor se compararía
a cuando te imaginase desnuda sin que estuvieses ya a mi lado.

Quizá sea mejor ahorrarse un par de euros en puntos de papel,
para ponérmelos en el pecho cuando me revientes el corazón,
y gastármelos en un par de chupitos de tequila a la salud de la soledad;
tal vez aún sin corazón tendría la desgracia de llevarte en la cabeza
y entonces ya no podría vivir,
porque desde el último desamor
nunca me dejo llevar por el corazón y si por la cabeza.

Y lo mejor de todo sería evitar jugar a mirarnos
y ver quién aguanta más la respiración,
porque solo falta que cojas aire para decirme
“siempre juntos”
para que me tome el juego enserio y no respirar nunca más.

Que si estás quieto en la misma estación
durante unos cuantos días
te das cuenta de que todos los trenes son iguales
y que todos los trenes vuelven a pasar.
Y ahora no me apetece subir a ningún tren,
pero seguiré en la estación;

quizá algún día me apetezca. 

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