sábado, 29 de junio de 2013

La camella de la ciudad.


Ella no sabía nada del amor, solo sabía activar la bomba de la ilusión y salir corriendo. Cuando me conectó al explosivo que había fabricado en cuestión de segundos (lo que tardaba en echarme una mirada de esas que te atraviesan de arriba abajo y en doble dirección) fue a comprar dinamita para fabricar unas cuantas bombas más, en la misma tarde, mientras paseaba por el centro de la ciudad e iba echando miradas a hombres de camisa y rompiéndoles los cuellos con el movimiento de su culo. Para ella empezar una relación era conectarse con la otra persona a cientos de kilos de pólvora y esperar la explosión definitiva que lo rompiese todo, y las diosas nunca tienen que morir.

Esperaba en el sofá de casa y, cuando oía que las bombas habían explotado, bajaba a la calle corriendo a buscar los corazones que salían volando por los aires y caían del cielo. Se los llevaba a casa, tenía una vitrina llena de trofeos, o de corazones reventados, que para ella era lo mismo. Si ella hubiese salido en una película de suspense el mayordomo no hubiese sido el asesino, ella lo hubiese matado antes subiendo las escaleras de casa y mirándole mientras le pedía que cortase el jardín. Y sí, mi corazón reventó y saltó por los aires justo cuando vi que miraba a otro hombre como me había mirado a mí. Ni siquiera sabía su nombre, ni dónde vivía, pero que importa eso para pillarte por el mejor culo de toda la ciudad y por esos ojos azules en los que te apetece naufragar y ahogarte en ellos si hace falta. Y desde que pasó por mi vida no he podido ilusionarme, por su culpa o por la mía (que aún me dura el eco de aquella explosión de ilusión), de otra mujer. En el barrio se rumorea que ella siempre quiso ser heroína de pequeña, y al final se ha terminado convirtiendo en mi adicción (la mía y la de cientos de hombres más que la vemos inalcanzable cuando creíamos que la teníamos ya comiendo de nuestra mano) y consumiéndome la vida cada vez que la veo encenderse un cigarrillo por la Avenida. Y es que ella era una calientapollas, le gustaba meterte la ilusión en la bragueta a través de la mirada mientras se mordía el labio y luego te daba una palmadita en el culo cuando pasaba por tu lado y ya le echaba el ojo a la siguiente bragueta. Muchos la llamaban “puta”, pero aunque a mí me haya reventado el corazón, la admiro, admiro su libertad y la forma en la que se ríe de todos los hombres de la ciudad y como todos caen en la misma trampa. Es poderosa. Es la chica rebelde que todo hombre sueña tener, quizá nos gusta tanto porque la vemos como un imposible y lo imposible atrae más que todas las fuerzas magnéticas del mundo. Su culo era el mejor imán de todos y la mirada se te quedaba ahí pegada hasta que se giraba y te pillaba mirándoselo, y se reía porque sabía que otro más había caído.


Se convirtió rápidamente en la camella de la ciudad, ella era la única que traficaba ilusión entre los hombres y solo te ponías a tono cuando ella te daba un par de gramos, las demás camellas pasaban ilusión de mala calidad y nadie la quería. 

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